jueves, 10 de noviembre de 2016

LA SEGURIDAD EN LOS CAMINOS DE BAEZA Y SUS FUERZAS DE SEGURIDAD DESDE TIEMPO DE ROMANOS





Campo, campo, campo. Entre los olivos los cortijos blancos y la encina negra a medio camino de Úbeda a Baeza. Así dice el poeta embriagado por la belleza de los campos de Baeza. Campos limitados por el río Guadalquivir y enmarcados por Sierra Mágina. Campos, río y sierra llenos de historia desde que el hombre decidió habitar los cerros de la comarca, el cerro baezano. Y entre los cerros poblados y los olivos grises, los caminitos blancos. Pero estos caminos1 que despiertan en Antonio Machado su vena poética por su belleza y tranquilidad estuvieron en tiempos pretéritos ocupados por la guerra, invadidos por la inseguridad, poblados por malhechores y bandoleros, acuciados por el hambre, interceptados por la epidemia, y obstruidos por la deserción.

Baeza siempre estuvo envuelta en guerras más o menos declaradas; o, si se quiere, mejor, en estados de violencia que los gobernantes tenían que atajar para que el pueblo se apaciguara y la ciudad volviera a retomar su calma cotidiana. Estos periodos inestables han existido en la historia local desde la invasión romana hasta “ayer mismo”, término que refiere a un tiempo histórico violento en el siglo pasado del que aún existen testigos vivos, la Guerra Civil del 36.

Estos episodios violentos, de inestabilidad social, con tan fuerte carga militar casi siempre, necesitaron de personas que hicieran volver a los ciudadanos a la legalidad, a la paz. Los gobernantes de cada momento histórico se han visto en la necesidad de proteger vidas y pertenencias de sujetos proclives a los medios violentos, adoptados unas veces con razón, para defender sus vidas o sus haciendas; otras, para saltarse la legalidad vigente, aunque esa legalidad fuera impuesta, no elegida. De este modo observamos que a lo largo de la historia han existido cuerpos de seguridad que han velado por la paz y el orden en la ciudad. Para no alejarnos a la antigüedad remota, podemos comenzar recordando las legiones romanas que transitaron patrullando los caminos para asegurar la paz en la zona minera de Cástulo a la que pertenecía Baeza

Calzadas Romanas





Son numerosos los hallazgos numismáticos que certifican la presencia del ejército en las minas. La legion VII Gemina o la Cohorte Servia Iuvenalis responderían a labores de vigilancia de las explotaciones mineras, del cuidado de la jurisdicción, de las rutas comerciales de salida del metal y de la vigilancia en las minas tanto de los esclavos como de los condenados ya en momentos imperiales, que es cuando se fechan las inscripciones. 





Para Roma era muy importante mantener la vigilancia de los caminos por donde transitaba el metal tan necesario para la Urbe. Las numerosas sublevaciones de los iberos ponían en jaque al ejército que se veía hostigado en cañadas y desfiladeros. Conocedores de la orografía de estos cerros, poblados de bosques y vegetación exuberante, con arroyos y riachuelos de cauce muy superior al actual, los iberos sublevados de los pueblos o escapados de las minas causaban un goteo de bajas en las filas legionarias que Roma no tardaba en suplir y en vengar. 

La violencia de las actuaciones militares para sofocar a los insurrectos se saldaba con numerosos muertos que quedaban desperdigados por los caminos. Los que tenían más suerte escapaban a engrosar las turbas de descontentos que a modo de ejército bajo un líder se enfrentaban de modo suicida a la legión. 

El Derecho romano alcanzó todos los resortes de la vida, y el saqueo, robo, asalto a mano armada o cualquier otra variante de violencia en las vías y calzadas siempre fue penado con la muerte, o lo que era casi peor, las galeras. Pero el Imperio no se contentaba con esta situación de fuerza que desequilibraba Hispania. Honorio mando a Asturio, magister militum utriusque militiae que tenía el mando supremo de la caballería y la infantería, para hacer frente a los bagaudas y mantener la seguridad en los caminos y ciudades. Pero el componente humano de estos cerros, basado y enriquecido por la población minera formada de esclavos, condenados, indeseables y desfavorecidos de la sociedad, no propició la estabilidad social deseada. A esto se unía la orografía de la zona, de colinas boscosas y sierras y valles fluviales abruptos y proclives a la emboscada, por lo que los caminos de Baeza siempre gozaron de inseguridad y potencial violencia que siempre se vieron reflejadas en los documentos hasta bien entrado el siglo XX.


Repartido el territorio hispano, poco a poco se asentó una precaria estabilidad al establecerse entidades políticas, más por la fuerza que podían aplicar a sus vecinos que por su nivel de estructuración social, que para el siglo VI están perfectamente reconocidas. Así, para el 554, se reconocen los suevos en la actual Galicia y norte de Portugal; astures, cántabros y vascones en la cornisa cantábrica a caballo con el sur de Francia; los visigodos –absorbidos los alanos y emigrados a África los vándalos- en toda la Península a excepción de la franja meridional que es ocupada por los bizantinos (reduciéndose hasta desaparecer en el 616) en un intento de reponer el fracasado imperio romano. Baeza , y toda la zona minera de Cástulo en cuya área de influencia se encuentra, es disputada por bizantinos y visigodos, conscientes ambos de la importancia de su explotación para fines bélicos.

Mosaico Amores de Cástulo




La inestabilidad que se vive en otras áreas de la Península aquí se ve paliada por los intereses de ambos que prefieren mantener una situación de tensa calma con el fin de hacer productivas las minas de las que ostenta la propiedad, al menos en teoría, el Imperio romano.

Son, pues, los ejércitos oficiales de unos y de otros quienes mantienen la seguridad en los caminos de Baeza, si bien, el latente estado de guerra continuo –manifestado en acciones de fuerza sobre la población civil- hace muy difícil discernir a los nativos, esclavos y explotadores mineros, de quién deben protegerse y para quién trabajan en realidad.

La monarquía visigoda asumió la continuidad cultural romana, al considerarse los germanos a sí mismos como sucesores políticos del Imperio por su calidad de pueblo romanizado que había servido de puente entre ambas culturas, la “bárbara” y la romana

La invasión, conquista y ocupación musulmanas y posterior reconquista de España por los cristianos se puede seguir en cualquier libro de Historia. Referente a la seguridad en los caminos baezanos, tema de este trabajo de investigación, es muy significativo incidir en la circunstancia histórica de la rápida caída de Baeza bajo el yugo islámico.

El rey de Baeza , Abdalá el baezano, independizado del rey sevillano en 1124, dominaba un vasto territorio que intentaba mantener en orden y en paz, cosa harto difícil en el marco de fidelidades que se veía obligado a contraer con el monarca cristiano para mantenerse en el trono, y que tenía que pagar ante su reclamo con tierras y poblados que pasaban de unas manos a otras por una sola firma. Así hasta que Fernando III se anexionó la ciudad por un pacto firmado, dada la invulnerabilidad de sus murallas que la hacían inexpugnable de una vez por todas en 1227. 

La ciudad y sus territorios pasaron a la Corona castellana, que el rey no tardó en repartir –donatio- entre sus filiales caballeros –nobles castellanos, Órdenes militares y arzobispado de Toledo- para agradecer su incondicional ayuda. 

Estátua de un Ballestero (Puerta de Úbeda)



A partir de este momento y definitivamente Baeza era cristiana de nuevo y sería el ejército cristiano el encargado de su protección, defensa y seguridad. En esta protección jugaron un importante papel los ballesteros, cuerpo del ejército fernandino que dejó custodiando la ciudad cuando siguió avanzando en su conquista por el Valle del Guadalquivir camino de Córdoba.24 Pero los ballesteros bastante trabajo tenían en proteger la ciudad de las incursiones moras, mientras que los caballeros hidalgos cabalgaban junto al rey, por lo que la seguridad de los caminos, ante tanta violencia, era una vez más, y durante algunos siglos, inseguridad.

No obstante, el peligro se iba conjurando con el pasar de los años por la Baja Edad Media y de los monarcas, y cuando el pueblo podía haber vivido en paz, alejada ya la frontera del estado musulmán, reducido al reino de Granada - abarcaba tierras de las actuales provincias de Granada, Málaga y Almería- , aparecen en el escenario urbano nuevos elementos que alteran el orden y hacen el vivir cotidiano insufrible. 





Uno fue la peste. A lo largo de todo el siglo XIII y primera mitad el XIV había habido focos localizados y epidemias más o menos generalizadas en la geografía peninsular, simultáneas o no con otras europeas. Pero fue la gran peste de 1348 la que provocó estragos en la población castellana, siendo más nefasta en poblaciones cerradas como Baeza, amurallada y con las ideas sobre urbanismo –alcantarillado, agua corriente, pavimentación de calles, etc- aún por aparecer. Sumado a esto, el arroyo de la Azacaya que atravesaba la ciudad servía más de cloaca y desagüe que de suministro de agua. Sumado a esto tenemos que la ciudad estaba muy poblada por entonces, unos 20.000 habitantes según Vicens Vives, constreñidos entre sus murallas, y con un trasiego de ingentes cantidades de hombres y de ejércitos, por lo que las restricciones del cordón sanitario que se establecían en caso de epidemia se hacían inservibles; más aún, se reflejaban contraproducentes puesto que el mal se alimentaba a sí mismo dentro de los muros de la ciudad. 

Los comisarios nombrados a tal efecto y la policía urbana encargada de cuidar los accesos a la ciudad y de cerrar las puertas para que nadie entrara ni saliera, cuidaban de que se respetasen las normativas, pero a tenor de los estragos que causó la epidemia, y del desconocimiento total que se tenía de los períodos de incubación, se puede decir que las medidas de seguridad dictadas y los individuos encargados de hacerlas cumplir eran inútiles totalmente.

Otros elementos en juego fueron los distintos bandos que se alineaban a favor o en contra del aspirante al trono castellano y que el monarca proclamado en cuestión se apresuraba a premiar o a castigar, en función de su filia. Así, durante el conflicto entre Pedro I el Cruel, o el Justiciero y Enrique II, el usurpador , que desembocó en una guerra civil que a punto estuvo de hacer desaparecer Castilla, las banderías proclives a uno u otro hicieron de Baeza una ciudad insegura y violenta, al tomar partido por uno u otro los apellidos ilustres de la ciudad que luego se significarían aún más con la Reina Isabel, hasta que ésta ordenó tirar y desmantelar la muralla de la ciudad y sus torres para evitar que se hicieran fuertes en ellas los dos bandos irreconciliables, los Benavides y los Carvajales . 

Pero los caminos eran otra cosa. Por los caminos de Baeza, ciudad muy rica y próspera por la cantidad de pueblos sufragáneos que componían su jurisdicción , transitaban mercaderías, viajeros, vecinos,campesinos, estudiantes , clérigos y cuantos necesitaban desplazarse por los contornos por cualquier motivo, y los Reyes Católicos, primero, y su nieto, el Emperador, después, no estaban dispuestos a que nadie alterara el orden interno de una paz conseguida con tanto esfuerzo y sacrificio.

Las hermandades policiales existentes en muchos pueblos y ciudades, amparadas por los diversos monarcas para defenderse de las injusticias de nobles arbitrarios y tramas sociales, tomaron ya cuerpo de seguridad del Estado con los Reyes Católicos en las Cortes de Madrigal de 1476. 

Baeza, al ser una ciudad de realengo –jurisdicción real- tenía, pues, su policía, una policía encargada de controlar la delincuencia y mantener el orden público, si bien, no pocas veces entraba en conflicto con los justicias municipales que no veían con buenos ojos la actividad de los policías hermandinos sobre las personas que estaban bajo control vasallático del Concejo. 

En Baeza entraban en pugna varios cuerpos de seguridad, que se acentuaba en tiempos de paz en que no eran movilizados a filas sus elementos y campaban por la ciudad pavoneándose de sus privilegios. Así, además de los agentes de la Santa Hermandad, extensivos a todo el reino, aparecen los ballesteros, herederos de aquel cuerpo de doscientos hombres que dejó Fernando III para la seguridad de Baeza recién conquistada, y que la Corona mantenía en honor a su reconocimiento social y en prevención a tener que utilizarlos en caso de necesidad. Para ello los privilegiaba en cuantas ocasiones podía siguiendo la trayectoria de privilegios que iniciaran los dos contendientes de la guerra civil castellana. Fue Enrique IV el monarca que los menciona en sus documentos por primera vez en 1472 explícitamente como La Compañía de Santiago de los Doscientos Ballesteros.

Soldados de la Santa Hermandad




Con la paz de los Reyes Católicos los ballesteros baezanos disfrutaron de tranquilidad en sus hogares, que bien merecida se la tenían tras haberse distinguido en el sitio de Granada, en donde acabó la Gran Cruzada, la Reconquista. 

A partir de entonces, el mito del ballestero comenzó a engordar favorecido por las leyendas que se suelen tejer en tiempos de bonanza económica.

Ya no se luchaba, por lo que había que recrear viejas glorias para que no se borraran de la memoria colectiva. 

Se aireaban victorias, se ampliaban hazañas y se espetaban privilegios a la cara de los demás baezanos. Privilegios que la mayoría no habían leído siquiera pues se los trasmitían de generación en generación -aunque estuvieran guardados en el archivo del cuartel de la Compañía - inflando favores que no sólo alcanzaban a la cuestión económica sino que atañían a mantener su orgulloso puesto social.

Otro cuerpo de seguridad baezano era el de la Hermandad de los Hijosdalgo, cuerpo que siempre entró en conflicto con el de los ballesteros , unas veces por razones económicas y otras por prurito y orgullo frente a los vecinos. 

Ambos cuerpos de seguridad concernían a la defensa de fronteras y a la intervención en conflictos armados a los que eran llamadas sus respectivas compañías, si bien, ostentaban en la ciudad una posición de fuerza moral, haciéndose acreedores de respeto incontestable en pleitos y testimonios entre los vecinos, y ofreciendo resistencia a la ley cuando se veían implicados en asuntos turbios. 

El cuerpo de seguridad urbana concernía a los justicias, elementos humanos nombrados por el corregidor, personaje de la política local de nombramiento real directo y que siempre recaía en algún personaje de la mediana nobleza, nunca nacido en el pueblo para el que era nombrado. 

En el corregidor ostentaba –durante tres o cuatro años- la responsabilidad política, social y militar de Baeza, y sólo tenía que dar cuentas a la Corona, siendo esta circunstancia motivo de no pocas arbitrariedades en la administración de la justicia y de enfrentamientos con otras instancias acreedoras de similar distinción, como podía ser el Capitán de la Cofradía de Hijosdalgo o el de la Compañía de Santiago de los Ballesteros, El corregidor se servía de los justicias, o alguacilillos, a los que se les permitía portar armas y que patrullaban por la ciudad y sus caminos para mantener el orden, personarse en los litigios entre vecinos, detener a los delincuentes, trasladar a los acusados a la cárcel, hacer respetar el toque de queda, evitar el trasiego en caso de epidemia, combatir el contrabando de productos controlados por la Corona, supervisar mercaderes y mercaderías que debían entrar y salir con sus correspondientes permisos y aranceles en regla, y detener a los infractores si los comisarios de aduanas así lo requerían. 

Este cuerpo de seguridad, por su naturaleza, no pocas veces esgrimió su fuerza frente a los indefensos vecinos que se veían incapaces de defenderse de las injusticias y que no pocas veces a lo largo de la historia se vieron forzados a recurrir a instancias superiores para reclamar una justicia que los justicias les negaban.

Estos cuerpos de seguridad se mantuvieron durante la monarquía Austria , es decir, hasta el siglo XVIII en que se instaura una nueva casa reinante, la dinastía Borbón.

Los Borbones fueron conscientes desde el primer momento que tanto hidalgo en España para lo único que servía era para abstraer brazos trabajadores tan necesarios en aquella Nación que se deshacía en pedazos. De ahí las reformas que introdujeron en cuanto al sentido dignísimo del trabajo manual, primando el esfuerzo personal y otorgando carta de nobleza a los que demostraran llevar adelante proyectos empresariales que redundaran positivamente en la economía nacional. Había que acabar con tanto parásito paseante como había en las ciudades y pueblos de España. Esto les costó mucho a los baezanos entenderlo y por eso fueron tan tajantes y sucesivas las órdenes de los reyes al respecto.

Desde el primer momento y en plena guerra civil, Felipe V comenzó la renovación de la administración del Estado renovando cargos, eliminando dualidades, creando figuras de mayor competencia y desarmando y desarticulando a las inservibles antiguallas. Hidalgos y ballesteros desaparecen y nuevas fuerzas de seguridad hacen su aparición en aquella España que intenta resurgir de sus cenizas. 

El corregidor y sus justicias, que habían permanecido en el tiempo casi como figuras decorativas, entran en conflicto con los poderes del nuevo gobernador de la ciudad, el intendente, figura importada por los Borbones de la administración francesa con atribuciones de justicia, policía, guerra y hacienda , y terminaron por desaparecer.

La inseguridad que se vivió en los caminos a causa de las guerras que alimentaron los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX54, no encontraba freno en las exiguas fuerzas de seguridad que mantenía la ciudad puesto que el cabildo tenía otro quebradero de cabeza más importante que atender, el hambre. 



Tanta guerra esquilmaba lo poco comestible que se producía y que arrasaban los ejércitos en su trasiego de un frente para otro. De este modo los caminos se poblaron de sujetos hambrientos que mataban por un mendrugo de pan, desertores del ejército, huidos de las levas, bandoleros sin más filia que llenar su estómago, y toda clase de maleantes que vivían al margen de la ley. 



Pero cuando con mayor insistencia se dejó ver el problema de la inseguridad ciudadana fue en la Guerra de la Independencia contra el invasor francés. Días previos a la batalla de Bailén, Baeza aparece empapelada con soflamas contra el invasor. 

Conocedores de los horrores que han producido los franceses a su paso hacia Portugal, con los ánimos enardecidos, los baezanos se apuntan al ejército con cuantas armas y herramientas encuentran en sus desvanes, rebasando sobradamente, por arriba y por debajo, el límite de edad

Todos quieren defender su hogar, su pueblo, su fe, su rey. Se forman las Juntas de defensa para organizar la lucha, pero en muchos lugares la actuación del pueblo desbordará sus órdenes. Jaén decidió establecer su Junta con el título de Seguridad Pública y asesinan con inusitada violencia al Gobernador; es la actuación popular contra la España oficial colaboracionista.

La grandeza de la Batalla de Bailén estriba en que sus componentes fueron en su mayoría ciudadanos libres que corrieron a ayudar a su ejército en contra del usurpador y para oponerse a la violencia que sufrían a diario en sus pueblos. Pueblos como Baeza –de ese área jiennense- que decidieron acabar de una vez por todas con el estado de cosas impuesto por el invasor.

Pero la victoria de Bailen no arregló las cosas. El problema de los soldados franceses prisioneros, los maleantes generados por la guerra campando a sus anchas por las inmediaciones, la violencia e inseguridad en los caminos de Baeza, la necesidad de abasto, etc, fueron algunos de los males que provocó la exaltación popular, una vez desfogada en la batalla.

Muchos huidos de ambos ejércitos –los franceses por miedo a la muerte, los españoles por no querer entrar en cintura bajo los mandos militares- vivían a bandadas amedrentando al personal por los caminos de acceso a la ciudad, robando a cuantos osaban circular con lo más mínimo comestible o de valor económico. Tal es así que el 3 de agosto llega una orden de Jaén para que en Baeza se haga alistamiento de las personas que tengan uso en el manejo de escopetas para enviar por mitad de su número a patrullar cada 15 días al Despeñaperros, lugar al que corrían a esconderse los bandoleros cuando realizaban sus fechorías en Baeza y otros pueblos de la comarca.

Dado el alto número de desertores, contrabandistas y malhechores que había en las inmediaciones de la ciudad, se forma Cuerpo de Milicias Honrado a quien se encomienda la seguridad ciudadana. A los de infantería se les encarga patrullar dentro del recinto y los de caballería vigilar con vueltas continuas el término, y recoger cuantos desertores y maleantes encuentren.

La situación es desesperante por la violencia latente en toda la comarca. Las órdenes del Capitán general Ventura Escalante son tajantes, "persecución y esterminio de los malechores". Algunos baezanos menesterosos que no han sido apuntados a las milicias de seguridad urbanas, acuden a la vigilancia de los puertos de Sierra Morena para tener ocupación, pero la impedimenta que llevan es desastrosa: No hay víveres, por lo que malviven del pillaje; no tienen uniforme, con lo que la apariencia más que tranquilidad a los viandante lo que trasmite es pavor; no tiene armas adecuadas, por lo que portan navajas y las pocas escopetas son de lo más desastroso por lo antiguas. 

Tanto es así, que el 19 de septiembre Hermenegildo Vicloa, comandante del puesto de Peña del Cencerro en Despeñaperros, dice que los escopeteros baezanos que se envíen vayan con escopetas "corrientes y útiles". 

Se acuerda convocar a los escopeteros del próximo relevo a las 9 de la mañana del domingo en las casas de las escribanías para comunicárselo, retirar las viejas e inservibles, arreglar las defectuosas y comprobar que todos llevan munición, porque éste era un problema añadido, presentarse en el sitio sin munición.

Por si fueran pocos los desmanes y la inseguridad en los caminos, para señalar el advenimiento de Fernando VII al trono manda por deseo de “su Real Clemencia y Piedad que le caracterizan que sean sueltos libremente todos los reos que se allan en las cárzeles por cualesquier delito, exceptuando solo aquellos a quienes su gravedad aga yndignos desta gracia” Naturalmente, este generoso hecho aumentó la inseguridad, en la ciudad y en sus caminos al llenarse de indeseables o de resentidos que buscaban la venganza por falsas acusaciones.

Los guerrilleros robaban cuantos animales de tiro y carga encontraban y cuantos fueran comestibles, y mataban a cuantos sujetos olieran a francés . No obstante, los disturbios en la ciudad se suceden a consecuencia de los impuestos inhumanos que se ven obligados a pagar. La mañana del 30 de marzo se comunica el toque de queda con campanas de la catedral. Todo el que lo contravenga será detenido por las cuadrillas de seguridad nombradas al efecto que patrullarán la ciudad.



Pero el 21 de octubre de 1813 otra mala noticia viene a enturbiar el panorama. Se desata la peste. Aquella ciudad, aquella España tan sufrida, sin alimentos, sin leña, sin las más elementales necesidades cubiertas, se presentaba como el caldo abonado para que estallara la epidemia. Otra cosa hubiera sido imposible. 

Desnutridos y famélicos, los baezanos caen con la peste como antes habían caído con los franceses. 

Un desastre alimentaba otro desastre. Los munícipes se aprestan a cerrar las puertas sanitarias de la ciudad como tantas veces lo habían hecho a lo largo de la historia. 

En Santo Domingo, las entradas del Norte; la puerta de Córdoba para el Sur y el Oeste, ya que la puerta de Jaén, del Oeste, había quedado entre el caserío; y la de Úbeda para las entradas del Este. No podían salir ni entrar mercancías que vinieran o se dirigieran a las zonas infestadas y todo el mundo que escapara a este control y fuera descubierto debía pasar cuarentena de observación para evitar males mayores. 

Estas medidas, aún siendo necesarias para evitar mayor quebranto sanitario, eran, no obstante, perjudiciales para la raquítica economía que se desenvolvía por estas fechas en la ciudad y en toda le región. Todo en la ciudad rayaba ya la miseria, la población, los alimentos, la producción, el comercio, la agricultura, el bosque, daban apenas señales de vida. Los jinetes del Apocalipsis campaban por sus respetos en la ciudad y sus caminos, y no había fuerzas de seguridad que pudieran contra ellos

En los primeros días de abril de 1814 el general Souchet, que había dejado Valencia el año anterior, abandona definitivamente España, siendo el último destacamento francés en hacerlo. La guerra ha terminado. Demográficamente, la guerra dejó un saldo de un millón de víctimas y la economía destrozada y el país exhausto.

Las fuerzas de seguridad de Baeza, nombradas para defender a sus ciudadanos de maleantes y forajidos, se convirtieron en la fuerza opresora esbirra del poder. Los chivatazos entre vecinos sosegaban las malas conciencias curándose en salud, y las ejecuciones de liberales rayaron la locura. Que se terminara la guerra no significa que la ciudad se viera libre de violencia e inseguridad y el hambre. En la ciudad escasea todo, hay que reconstruirla y volver a la normalidad lo antes posible. Pero ¿qué pueden hacer los escasos dos mil habitantes? A tal grado de inexpresión demográfica ha llegado Baeza a estas alturas . 

Entre huidos, muertos, desertores, afincados en otros lugares más tranquilos durante la guerra –piénsese que Baeza está en una encrucijada de caminos-, la ciudad es casi un cementerio, por la ausencia de vida que se respira en ella. Un cementerio armado hasta las cejas, puesto que para estas fechas, el 21 de junio de 1816, en la ciudad hay cuatro regimientos, de Sagunto, Lusitania, Húsares de Iberia y los Dragones del Rey, regimientos que exigen un avituallamiento que la ciudad no puede darles. 

Regimiento de Sagunto


Regimiento de Lusitania


Regimiento de Husares de Iberia



Muertos de hambre y tomando por la fuerza lo que los vecinos no le proporcionan, estas fuerzas de seguridad del Estado –absolutista, claro- no sirven para implantar la paz; antes bien, se convierten en elementos indeseables en la ciudad.

Mientras el ejército pide –y coge a la fuerza- ayuda para arreglar sus cuarteles –conventos e iglesias casi todos ellos -, todos los edificios públicos están medio caídos, hay que arreglar las fuentes, no hay escuelas, los niños campan por las calles comidos de mocos y de moscas y la ciudad entera es un escombro. 

El problema económico es terrible, el principal problema al que tendrá que enfrentarse el gobierno de Fernando VII, y el local. Una economía deprimente y unos actos de represión tan inmensos como la pobreza.

El ejército, la fuerza más coherente y sana, llamada a realizar un papel importantísimo contra el absolutismo al significarse permeable, por su descontento, a las ideas liberales, junto al pueblo descontento por la nula economía, la inseguridad sembrada en los caminos por las partidas de bandoleros, la conspiración liberal agrupada en sociedades secretas, y el estado de crisis económica permanente, serán los factores que provocarán el cambio en la situación del país.

La seguridad en Baeza una vez más se ha convertido en inseguridad porque los encargados de aplicar la ley son sujetos inmorales arrimados al poder absoluto para mantener sus prebendas. La situación social de descontento solapado continuó en Baeza hasta bien entrado el siglo XX.

Los ejércitos acantonados en la ciudad se sirvieron de los baezanos para engrosar sus filas arbitrariamente con levas que los baezanos intentaban soslayar de las más variopintas maneras.





Fuentes:


II Congreso Virtual sobre la Historia de la Caminería- Los cueros y fuerzas de seguridad en los caminos de Baeza en el Antiguo Régimen. Autora: Mari Cruz García Torralbo. Año 2014

martes, 8 de noviembre de 2016

DON LORENZO RUBIO CAPARROS.







CONGRESO DE LOS DIPUTADOS-BIBLIOTECA GALERIA DE LOS REPRESENTANTES DE LA NACION 1869 -DON LORENZO RUBIO CAPARROS - DIPUTADO DE BAEZA (JAEN)




T
Expediente personal del Senador D. Lorenzo Rubio Caparrós, por la provincia de Jaén

Fechas: 1871-1873


Alcance y contenido:


LEGISLATURA 1871-1872 (SENADOR POR LA PROVINCIA DE JAEN). 

Dos relaciones de documentos presentados.1. Acta electoral (1871-03-21). Copia certificada.2. Dictamen de la Comisión permanente de Actas (1871-04-05). Aprobado en sesión de 10 de abril de 1871.3. Certificación de admisión (1871-04-10). Minuta.4. Dictamen de la Comisión de Incompatibilidades declarando incompatible el cargo de Senador con el destino de Abogado Fiscal del Tribunal de Justicia (1871-06-20). Aprobado en sesión de 22 de junio de 1871.. Minuta de Oficio trasladando al Ministro de Gracia y Justicia trasladando el Dictamen de la Comisión (1871-06-22).. Minuta de Oficio al Senador trasladando el Dictamen de la Comisión (1871-06-22).5. Comunicación de admisión (1871-04-10). Minuta.LEGISLATURA 1872-1873 (SENADOR POR LA PROVINCIA DE JAEN)02. Carpetilla y relación de documentos presentados.6. Documentos de renuncia al cargo de Senador:. Oficio del Senador al Presidente y Secretarios del Senado notificando su renuncia al cargo (1872-10-20).. Acuse de recibo en el Senado de la renuncia al cargo de Senador (Sesión de 20 de diciembre de 1872).. Minuta de Oficio al Ministro de la Gobernación dando cuenta de la renuncia al cargo del Senador (1872-12-20).. Minuta de Oficio al Senador notificando que el Senado ha admitido la renuncia al cargo de Senador (1872-12-20).7. Certificación de haber sido Senador en 1871 y no admitido en 1872 por no presentar credencial (1873-01-09). 





EL PÓSITO





El Pósito era la institución reguladora del abastecimiento de trigo y de otros cereales, como la cebada, estando regido por el Concejo Municipal, poseyendo además del edificio propio, casas, tierras y censos.

El Pósito de Baeza fue fundado en 1505 por la Reina Juana a petición del Concejo de la ciudad.




Una cartela en su portada nos aporta la cronología de creación del edificio, en el siglo XVI, aunque debemos hablar de dos pósitos, debido a la ampliación del “Pósito Viejo”, probablemente a principios del siglo XVII, momento en el que aparecen las primeras referencias y obras de reparación o reformas, estado del grano y cuentas de la administración del edificio, que además estaba íntimamente relacionado con la alhóndiga a través de un pasadizo “subterráneo” que aún comunica ambos.






Cabe destacar un fuerte dinamismo reformador y reparador durante el siglo XVII, entrando en declive las referencias a partir del siglo XIX, cuando la inquisición quizás pierde su control regulador, arrendándose los espacios de los almacenes.

Así pues, dentro de la administración municipal, el pósito era una institución de vital importancia para la ciudad, ya que regulaba la base económica de Baeza en los siglos XVI y XVII, mostrando una enorme capacidad de almacenamiento y producción, además de jugar un importante papel social como prestatario de otras instituciones que supusieron más de un problema para los administradores del mismo.

La ciudad de Baeza, era una de las principales reguladoras y productoras de trigo de la provincia, por lo que, en el marco expansivo que experimenta la ciudad en el siglo XVI es razonable la existencia de un ente arquitectónico de esas proporciones.

La Barbacana corría, desde el ángulo interior izquierdo de la torre de los Aliatares hasta la puerta el Barbudo o Arco de las Escuelas con una extensión de 215m.

Aquellos inexpugnables muros se hicieron desaparecer a mediados del siglo XVII, para levantar el buen edificio que viene destinado a paneras del Pósito, fijándose en la fachada las armas, en piedra, de la Casa de Austria, que llevan esta nota, alrededor de la misma: “Acabose esta obra año de 1654".
















Por debajo del blasón real, se lee la siguiente inscripción: Esta obra hizo Baeza, siendo Corregidor della, Úbeda y sus tierras, el Ilustre Señor Don Hernando de Acuña, Señor de Villadiego, Comendador de las casas de Córdoba, de la Órden de Santiago, 1654. 



Siendo obrero Rº de Molina.





A la derecha de la inscripción están labradas las armas de Baeza






 y a la izquierda un escudo de caballero de la Banda, que debió ser el blasón del corregidor Acuña.





En el centro encontramos el escudo imperial de Carlos I




En la bóveda subterránea que une la Alhondiga con el Pósito, es curioso observar las piedras que la forman; todas ellas tienen esculpidas distintas marcas (destacando la cruz gamada); señales particulares de los canteros por las que eran pagados en su trabajo.


Cuando se construye el nuevo Pósito, el antiguo quedó para alfolí de la sal.;(Alfolí: Lugar destinado a guardar el grano de los cereales o la sal.) estaban constituidos por una serie de cantinas que pertenecían al caudal de propios del Ayuntamiento, y tenemos constancia de que en 1821 salieron a subasta pública algunas de ellas y sirvieron para escribanías públicas.

El topónimo de la calle en la que se ubica ya ofrece pistas obre un elemento defensivo: la barbacana.

Este debió configurarse como un antemuro que precedía y articulaba la defensa de la ciudad mediante tres elementos: la torre de los Aliatares, el lienzo interno, en cuyo lado externo se adosó el pósito y por último la propia barrera, conformando un considerable discurso poliocético que subraya la importancia del entorno, delantando, tal vez, uno de los puntos más débiles para la defensa de la ciudad, que debió ser reforzado así para el control de los accesos a las puertas de la Zacaya y del Barbudo, que conducían a Úbeda y Toledo respectivamente.

Además del lienzo de muralla se ha documentado la existencia de dos torres, la primera conservada íntegramente en el espacio más cercano a la antigua universidad, y la segunda, que apenas conserva su planta baja, adosada al paramento de la muralla.

En la documentación conservada en el AHMB que hace referencia a la muralla del pósito, podemos encontrar datos importantes sobre el estado de conservación de la misma. Por ejemplo, cuando se plantea la necesidad de ampliar el pósito en el año 1611. En la documentación aparecen citadas la muralla y una torre: “ Alargándose la obra incorporándola y abrigándola y fortificándola con una torre a donde viene a parar el dicho edificio que llaman la torre de los Aliatares…”

1655 se dispone el arreglo de la cerca que une el pósito con las Escuelas, luego Universidad, debido al robo continuado de piedras de la muralla por parte de los vecinos para realizar obras privadas.

De este modo, un tramo ya fue reparado con tierra antes de que a comienzos del siglo XVIII vuelva a caerse y a plantearse la necesidad de su reparación por parte del Ayuntamiento.

Lindando con la antigua universidad se conserva una torre de planta cuadrangular, realizada con mampostería careada, que, en su lado sur muestra lajas de piedra descarnadas por la falta de traba, quizás por la mayor exposición a la erosión en este lado.
Esta muy alterada por intrusiones efectuadas desde el interior de la planta baja y primera del edificio del pósito, con restos de cemento y ladrillos incrustados en sus paredes. Su acceso es relativamente sencillo desde el segundo piso de la antigua Universidad, presentando una bóveda de similares características que la de la otra torre documentada en el solar del pósito, si bien, esta última parece un añadido posterior dado el adosamiento del mismo paramento de la muralla.
La planta de la segunda torre es mas alargada, con forma rectangular, conservándose su acceso original desde el patio del fondo. Su estado de conservación es ruinoso, dada la presencia de una gran rotura en el lienzo contiguo y el descarnado de su parte superior, quizás, como se ha citado anteriormente, destruido por la extracción de piedra.
La ruptura del lienzo facilitó la limpieza de un perfil de la estructura, montada sobre niveles romanos y musulmanes. La datación puede corresponderse con dos contextos socio-políticos bien diferentes, dado que la ciudad fue conquistada en el siglo XIII, por lo que debemos interpretar su construcción previamente a la invasión cristiana, en un momento de necesidad de protección y reforzamiento defensivo.

La muralla sirvió de apoyo y cobijo al pósito, que invadió el especio comprendido entre esta y el antemuro o barbacana, aún no documentada desde la Arqueología, desconociéndose su trazado original.


En 1960, el propietario de una zona del Pósito realiza obras en el mismo y el Alcalde se persona para que el Escudo que recuerda su construcción, no se vaya a deteriorar ante unas obras de restauración que está realizando el dueño (Ureña).

Estado en el que se encontraba el Pósito en los años 60



El Ayuntamiento estaba obligado a aumentar el capital del Pósito con el 1% de su presupuesto cada año. En 1961 se firma un concierto para regular esta prestación con la Dirección General de Coordinación, Crédito y Capacitación Agraria del Ministerio de Agricultura, puesto que el grano que allí se guardaba servía en momentos de carestía de ayuda a los agricultores para la semilla de la nueva siembra.

Este acopio de grano, sobre todo trigo y cebada se prestaba en condiciones módicas a los labradores y vecinos de la ciudad.

El Intendente de Pósitos escribe en 1962 un saluda encomiando la labor desarrollada en Baeza. 



En 1964 el Ayuntamiento recibe comunicación de la Cámara Oficial Agraria comunicándole que la Dirección General de Coordinación Agraria del Ministerio de Agricultura, tiene el generoso propósito de otorgar créditos, hasta el 100 x 100 de su capital a aquellos Pósitos que lo soliciten de su Servicio de Pósitos y que hayan funcionado bien hasta aquí, como es el caso de Baeza, cuyo municipio estaba incluido.Dado que estos beneficios redundan en favor de los labradores más modestos que lo recibían en tiempo de recolección.

La Hermandad de Labradores colaborará en este reparto. 

En 1969 tenía un capital propio de 550.000 pesetas con destino a préstamos a labradores modestos; sus deudores en esos momentos eran unos 100 vecinos.

Los restos que quedan de este espacio, son algunos arcos de la antigua bóveda que conformaban el edificio, en la actualidad la mayor parte se ha destinado a viviendas y el resto a Centro de Interpretación del Renacimiento, donde se ha creado un ambiente de aprendizaje creativo, buscando revelar al público el significado del legado cultural e histórico de la Baeza del renacimiento principalmente





Lo lógico hubiera sido restaurarlo pero una decisión “desafortunada” por el Ayuntamiento destrozó este conjunto, único en su género para construir “viviendas sociales”.




Fuentes:

El registro del Pósito de la Barbacana de Baeza (Jaén) y la Arqueología Histórica-Autor J. Alcalde González

Baeza Histórica y Monumental. Autor Juan Cruz Cruz

Antología Historico Artística de la Ciudad de Baeza. Autor P. Ayala Cañada

Baeza de 1950 a 1970. Autores: Josefa Inés Montoro de Viedma y Fernando Viedma Puche

lunes, 7 de noviembre de 2016

ISIDORO BOSARTE DE LA CRUZ.

Pierre Géal escribe en la Enciclopedia on line del Museo del Prado la entrada dedicada al baezano Isidoro Bosarte de la Cruz donde dice que nació en Baeza, en 1747, y murió en Madrid, en 1807, y que “Empleado al servicio de un diplómatico -el conde de Aguilar-, realiza una prolongada estancia en Turín (1775-1779) y Viena (1779-1786). 





Historiador español. Nacido en Baeza (Jaén) en 1747, quedó huérfano muy joven. Vivió tres años en Madrid y Valladolid, bajo la protección de Antonio de Robles Vives. 



Entró al servicio del conde de Aguilar, y recorrió Europa entre los años 1775 y 1786, estuvo en Francia, norte de Italia, Baviera y Austria. Su sueño frustrado fue estudiar literatura y lengua árabe. A su vuelta a España se le encargó ordenar la Biblioteca de San Isidro.




En 1792 fue nombrado secretario de la Academia de San Fernando. Su papel en la Academia fue muy intenso; jugó un papel muy importante en la orientación de las escuelas de dibujo en provincias, así como en la reforma de los planes de estudio de la Academia. Tuvo bastantes enemistades, entre las más importantes destaca la de Ceán Bermúdez, que comenzó al publicar su Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las Bellas Artes de España en Madrid (1800), ya que Bosarte se había propuesto reeditar con notas y adiciones el de Palomino. 


Academia de San Fernando





No sólo fue este proyecto el que le falló frente a Ceán Bermúdez; tenía planteado realizar una historia de la arquitectura, para lo que quería contar con los estudios de Eugenio Llaguno y Amirola, pero ëste a su muerte en 1799 se los cedió a Ceán Bermúdez, que los ilustró, aumentó, anotó y los preparó para la publicación con el título de Noticias de los arquitectos y arquitectura de España desde su restauración (Madrid, 1829).

El carácter de Bosarte fue definido por su amigo Vargas Ponce como «hombre poco simpático, rígido y formalista», también destaca su independencia de criterio.





El libro Viaje artístico a varios pueblos de España, al parecer fue concebido en su inicio como continuación del de Antonio Ponz. Las ciudades descritas por Bosarte (Segovia, Valladolid y Burgos) ya lo habían sido por áquel. El propósito de la obra no es hacer una descripción geográfica, sino como apunta en diversas ocasiones en el prólogo, pretende «juntar primero todos los materiales» para realizar una historia de las artes. Utilizó los libros de viaje de Antonio Ponz, al que corrigió en diversas ocasiones. Murió en 1807.




Bibliografía


J. A. Barrientos: Controversia acerca de la autoría de varias novelas de Cervantes en el siglo XVIII, en Actas del IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas,(Frankfurt, 1989), págs. 301-309.




Fuentes: http://www.mcnbiografias.com/

sábado, 5 de noviembre de 2016

D. Juan Alfonso de Benavides "El Capitán de Lorca" y el Palacio de Jabalquinto






Este aristócrata es uno mas de los nobles de España que con la monarquía autoritaria de los Reyes Católicos, renuncian a la política y a cambio logran la consolidación de su poder económico y social.

D. Juan Alfonso de Benavides Manrique, el "Famoso Capitán de Lorca" (primo segundo del Rey D. Fernando el Católico) casado con doña Beatriz de Valencia Bracamonte

Este caballero, de los nobles hijos de Baeza, también era conocido como El Señor de Jabalquinto.

En el año de 1482, fue enviado por los Reyes Católicos, con cien lanzas , en guarda de la frontera de Murcia con los granadíes. En este cargo y en la conquista de Granada, sus notables hechos de armas le hicieron ganar tanta fama, honra y prez, que llegó a ser considerado como uno de los mejores capitanes españoles.

Una señalada hazaña le dio a conocer para la historia por Juan de Benavides “el de Lorca”; así es que Argote de Molina en su Nobiliario hace su elogio llamándole “el famoso Capitán de Lorca”


Lorca en época musulmana. Frase de Al Idrisi (siglo XII).


El célebre cronista Fernando o Hernando del Pulgar señalaba como «Juan de Benauides, a quien el Rey e la Reyna mandaron estar por capitán de la çibdat de Lorca, con la gente de su capitanía e con la de aquella çibdat e sus comarcas, fizo algunas entradas en tierra de moros, a la parte de Baça, e Guadix, e de Almería». (PULGAR, 1943, t. II, p. 254).




El conflicto que sucedió entre 1481 y 1492 entre la Corona de Castilla y el reino nazarí de Granada tenía como objetivo conseguir la unidad peninsular mediante la conquista de Granada.
La guerra se desarrolló en sucesivas campañas que se realizaban en primavera-verano, y en cada una de ellas se iba arrebatando un trozo del territorio nazarí.
La estrategia militar se basaba en el desgaste del enemigo a medio plazo. El asedio fue la principal actividad bélica en la contienda, completada por escaramuzas o diferentes maniobras de distracción, llamadas cabalgadas


DOCUMENTOS



Carta misiva de Isabel la Católica al concejo de Murcia ordenando que Juan Benavides, capitán de frontera y otros caballeros agrupen a la gente de caballo y pie de Murcia y vayan a talar la zona de Huéscar y otras tierras fronterizas del reino de Granada. Fecha 06 de mayo de 1484.





El concejo de Totana se dirige al de Murcia para informarle que las 50 lanzas y 200 peones que se comprometió a enviar para la tala de árboles han de estar en Totana antes del 18 de Agosto, una vez consultada dicha cuestión con el concejo de Lorca y el capitán Juan de Benavides.



Testimonio del requerimiento del capitán Juan de Benavides de mandar tropas a Lorca para trabajos de tala en las fronteras con Granada.






SU MUERTE.

Juan Alfonso de Carvajal y Pedro Alfonso de Carvajal, hijos tambien del antecedente, sirvieron al Rey D. Fernando IV de este nombre, en las guerras contra los moros y en todas las ocasiones de su época, hasta que cayeron en desgracia con este Príncipe, por las intrigas y rivalidades de sus émulos. Fue la causa principal el asesinato cometido en la ciudad de Palencia contra la persona de D. Juan Alfonso Benavides, cuando salía de palacio. Fueron acusados los dos hermanos Carvajales (según opinión de los historiadores falsamente y por rivalidad) como culpables y autores de aquel crímen. El muerto Benavides era un joven perteneciente á una familia distinguida de Castilla, y ademas gran privado favorito del monarca. Esta circunstancia desventajosa para los Carvajales, como tambien la de su inclinación al bando y pretensiones de los Cerdas, contribuyeron y bastaron á enojar en alto grado el ánimo del Rey, preparando el desastroso fin de aquellos hidalgos; que no alcanzaron del despiadado Don Fernando prestase oídos á las protestas que le hacían de justificar su inocencia. Mandó el Rey fuesen arrojados de lo alto de una peña, cerca de la villa de Martos, á la sima mas profunda: venganza y castigo atroz que llenó de terror á cuantos escucharon la sentencia y no ofrece ejemplares en nuestra historia, pero que aun llevada á cabo, aun á vista del tremendo precipicio fortaleció á los nobles Carvajales, que murieron animosos protestando siempre su inculpabilidad. Es de notar la citación solemne que al ejecutarse la sentencia hicieron aquellos caballeros aplazando al Rey ante el tribunal de Dios á los treinta días de su muerte. Así se cumplió en efecto falleciendo D. Fernando en Jaen el 7 de setiembre de 1312, día en que espiraba aquel fatal término, desde el cual es conocido por el renombre de Don Fernando el Emplazado.



Fuentes:

Fuentes:


Archivo General Región de Murcia
Historia de la ciudad de Herez de la Frontera

Al Bayyasi el último emir árabe que tuvo Andújar

al-Bayyasi ayudó a Fernando III a tomar algunas localidades giennenses como Montejícar, Pegalajar o Mengibar. Pero antes de abandona...