Esplendor y decadencia.
A lo largo del siglo XVI Baeza casi
duplicó su población, llegando a fines del siglo XVI a contar con 5.172
habitantes. Pujanza demográfica que encontraba su estímulo en el importante
papel que desempeñó en la repoblación roturación de extensas zonas,
especialmente en Sierra Morena, donde mantendría una importante presencia
que le haría chocar, como se puede constatar en las luchas legales y
violentas que llevó a cabo por la defensa de extensos términos, con los
vecinos de Bailén y Linares, dos de sus antiguas aldeas durante buena
parte del siglo XVI.
Pero fueron los intentos de reorganización
territorial, burocratización y centralización fiscal que la Corona impulsó,
los factores que atenuaron la relevancia de Baeza. Especial repercusión
tuvo desde principios de siglo XVI la venta por parte de la corona de
autonomía jurisdiccional a las aldeas dependientes de Baeza, posibilitando
la emancipación de sus lugares y debilitando las arcas municipales y
afectando seriamente a la cabaña ganadera baezana.
Pese a todo Baeza cobijó condiciones
socioeconómicas que hicieron posible el crecimiento poblacional. Su riqueza
agropecuaria y pujanza comercial e industrial favorecieron indudablemente
la estabilización poblacional al menos basta fines de siglo. La
construcción del Pósito de Baeza en 1554 contribuyó decisivamente a esto al
neutralizar en buena medida los efectos de las cosechas catastróficas.
La poderosa y numerosa nobleza biacense,
enriquecida y consolidada durante la conquista cristiana y beneficiada tras
la represión de las diferentes revueltas moriscas, mostró una concepción
patrimonial del poder municipal a la vez que se benefició de las exenciones
fiscales y jurídicas que su condición permitía. No obstante, la disputa por
el control de los resortes del poder local dividiría en facciones a la
nobleza. Los virulentos enfrentamientos entre los linajes de los Carvajales
y de los Benavides transcendían la mera lucha local para confundirse con un
acontecimiento que Carlos V tuvo que afrontar: el movimiento de las
Comunidades de Castilla. En efecto, la lucha entre bandos se mezcló en 1520
con los problemas de la Corona para consolidar territorialmente su poder.
No obstante, el levantamiento de algunos nobles y vecinos de la ciudad
contra los representantes del emperador sería sofocado por los nobles leales
que, junto con la Compañía de los Ballesteros del Señor de Santiago,
derrotarían a los comuneros.
La expulsión de los moriscos de 1610 la
reducción jurisdiccional, los problemas de la hacienda municipal ante la
tensión fiscal de la Real Hacienda y la decadencia económica, especialmente
manifiesta en el sector industrial y comercial así como en la concentración
de la propiedad de la tierra, repercutieron negativamente en la evolución
demográfica de Baeza.
Crisis que también incidirá en la población
nobiliaria, notablemente mermada a fines de siglo. Pese a todo, a lo largo
de esta centuria se dio un proceso de consolidación de la oligarquía local.
Penosa época de la historia baezana que no
impidió la consolidación de instituciones tan representativas como el
cabildo catedralicio y la Universidad, plenamente consolidada a estas
alturas -con 400 alumnos- y reforzada con la fundación por parte de don
Fernando Andrade y Castro, obispo de Jaén, en 1660 del colegio de San Felipe Neri.
Panorama decadente en el siglo de las Luces.
La sociedad biacense penetró en el denominado
siglo de las luces sumida en un lúgubre panorama. Crisis social y económica
heredada a la que se suman las pérdidas territoriales de Ibros en 1734 y
Lupión en 1784, así como las inducidas por la promulgación del Fuero de
las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena" en 1768 por el que el municipio
quedó reducido a una décima parte de su extensión originaria. Tan sólo la
coyuntura de alza de precios agrícolas del último tercio de siglo,
favorable a propietarios y explotadores de tierras, salpicará un difícil
periodo para el conjunto de la sociedad biacense.
Los intentos de centralización política y
económica impulsados desde la Corte por los Borbones durante todo el siglo
alimentaron los principales conflictos del periodo. La nobleza baezana,
concretada en una hidalguía tocada numéricamente por la crisis del siglo
anterior, aferrada al poder local se opondrá sistemáticamente a las medidas
decretadas por la Corona desde 1766. La incursión de la nobleza y, sobre
todo, de la hidalguía biacense en la precoz y fugaz aventura representada
por la "Real Sociedad de Verdaderos Patricios de Baeza y Reino de Jaén",
fundada en 1774, materialización del impulso reformista que significaron las
"Reales Sociedades Económicas de Amigos del País", hay que entenderla como
un intento de capitalizar y controlar esta nueva y elitista institución
donde figuraron entre otros don Pedro Thomás de Acuña, marqués de San
Miguel, don Antonio de Cuadros, señor de la aldea Nueva de Figueroa, don
Andrés de Godoy, don Andrés de la Fontecilla, don Juan Carlos de Benavides,
señor de las villas de Santa Maria del Valle y de las Torrecillas, entre
otros.
Guerra y absolutismo.
La invasión napoleónica enmarca una coyuntura
de crisis generalizada que abrirá las puertas a la Baeza contemporánea. No
sería hasta el 31 de mayo de 1808, ante las presiones de las Juntas de
Sevilla y Córdoba, cuando las autoridades locales reaccionaran a la
ocupación francesa constituyendo una "Junta de Seguridad Pública" integrada
por la oligarquía tradicional. Pese a todos los esfuerzos, tras la caída de
la línea de Sierra Morena, Baeza vio entrar, con la connivencia de distintos
grupos de la sociedad baezana, a las tropas francesas en enero de 1810.
Ocupación que conllevará un notable incremento de la contribución que
dificultará la vida del conjunto de la población y del cabildo baezano. Mas
no todo fue sumisión. Desde el verano de 1810 y durante 1811 las partidas
guerrilleras se manifestaron muy activamente, incluso en el interior de la
ciudad, hostigando al ejército francés.
Tras la retirada de los franceses en el verano
de 1812, Baeza ingresará a comienzos del otoño en la política
constitucional con un Ayuntamiento integrado por Antonio Díez de la Hera
como alcalde y por Bernardo Díaz, Antonio Montoro, Juan Antonio Moreno, José
Chacón, Pedro Benes y Pedro Grande como regidores. Fugaz periplo
constitucional al que siguió el regreso de las autoridades tradicionales y
que significó, como sucedió con los maestros de la Universidad, una purga
de aquellas personas señaladas por su talante liberal. Tras el trienio
liberal, que permitió una reactivación de los vientos constitucionalistas
como puso de manifiesto la didáctica labor de la "Sociedad Patriótica", se
reimplantó el orden sociopolítico tradicional a la vez que se procedió a
la persecución y depuración de todos los sospechosos liberales.
Liberalismo y crecimiento agrario.
El final del reinado fernandino y la llegada de
Isabel II atisbarían una coyuntura de cambios políticos orientados por el
liberalismo.
Pese al incremento de la producción agrícola a
lo largo del siglo XIX la situación del conjunto de la población no mejoró
sustancialmente. La incidencia de la mortalidad catastrófica siguió
azotando a una población que en muchas ocasiones no encontró otra salida
que la emigración hacia Jaén o Linares, de tal manera que el crecimiento
demográfico de Baeza se mantuvo durante todo el XIX en cotas bastante
discretas.
Discretos electos de la política decimonónica
confirmados por la tardía incorporación del municipio biacense a la red
ferroviaria -hasta los años 90 no se lograría una mínima conexión
ferroviaria con la construcción de la línea Baeza-Quesada-, condición “sine
qua non" para el desarrollo económico decimonónico.
Durante el último tercio de siglo, la política canovista propició una etapa de estabilidad política que reforzó dicho
control.
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